sábado, 5 de abril de 2014

Alexitimia (cuento)

                Alejandro miraba el techo. Sentía un vacío en el estómago. Metáforas. Sentía nada en su interior. Aire lo llenaba. No tenía nada más. No podía tener nada más. ¿Acaso no podemos nombrar todo lo que tenemos? Metáforas, Alejandro. Usá metáforas. Las piernas le pesaban nada. Los brazos, nada. Era liviano, lleno de aire. El techo blanco. La luz encendida. El trajín de su mamá en la cocina. Le dolía ¿qué? Le dolía. Nada. Cerró los ojos.
                Visualizá las palabras. Pensá en colores. No había caso, ni forma ni letra. La madre ponía la mesa. Dos platos. Hoy eran dos los platos. Anteayer eran tres. La ropa de su papá todavía estaba en el placar. La había visto la noche anterior cuando su mamá lo abría para sacarla. Sacar la campera de cuero que le había regalado Alejandro. ¿A dónde la llevaba? Pensá en formas, en animales, en canciones. Se sentía identificado con eso. Canciones. Ahora estaba en silencio, pero la melodía de La Muette de Yann Tiersen se le dibujaba. ¿Esa qué era? Algunos qué decían. Triste, contento. Esas palabras que había escuchado. ¿Cómo sabían ellos que estaban así?
                Suspiró. Sólo veía el naranja de sus párpados cerrados encandilados por la luz que pendía del techo. La mamá cantaba una canción. La silbaba donde no se sabía la letra. Y volvía a entonarla. Sueña, de Luis Miguel. ¿Eso qué era? En la voz se notaba ese tono que también proferían sus compañeros del colegio cuando cantaban en los recreos a voz suelta y viva. Pensá en más y en menos. Parecía ¿positivo? Imposible. Imposible saber esas cosas.
                Abrió los ojos. Se relamió los labios, secos, inertes, incapaces. Apretó los ojos con fuerza. Quiso gritar, pero no supo qué. Empezá a leer. Leé mucho. Incorporá vocabulario. Leyó El extranjero de una sola vez. No le costó. Era fácil. Se sintió como ese tipo, pero no como él. Porque el protagonista no sentía nada. Él sí. Y cuánto. Y cómo dolía. ¿El qué? La mamá iba y venía colocando vasos, botellas, cubiertos. Clink. Blam. Criik. Puertas. Golpes. Ollas. Pasos. Silbidos. Sonidos. La parafernalia de la casa parecía hablarle a Alejandro. O hablar por él. Explicarlo. Describirlo.
                Tenía sentido. El quejido de la puerta que iba del comedor a la cocina remedaba lo que había sentido Alejandro ese día en el colegio. Uno de los compañeros del colegio le había apretado el cuello. Estrangulado. El sonido de su garganta cerrándose. No el sonido. Qué sintió. Saúl le había preguntado si estaba feliz. sabía, sí. todos sabían. todos se reían. Le temblaron los labios. dijo que sí. tragó saliva. ese fue el error. tragó saliva. y todos lo vieron. todos esos ojos que esperaban las palabras. Palabras. Vacías. Como él. Mentía. No sabía si estaba feliz. O cómo. O cómo dolía.
                Su mano rozó la hoja bajo las sábanas. Cama desarmada. Alejandro echado con la ropa puesta. La cuchilla bajo las sábanas. La mamá silbando otro tema de Luis Miguel. Radiohead. En la radio anímica de la cabeza de Alejandro. Sonaba Radiohead. Sonidos. Música. ¿No estaba ahí la respuesta, la clave? La cuchilla bajo las sábanas. Los oídos de Alejandro más atentos. El cuerpo liviano. El cuerpo vacío. Aire. La mamá abrió la puerta del horno. Crujió y chilló como uñas contra el pizarrón. Alejandro sintió un escalofrío. Movió una mano. Pesada. ¿Estaba llena? ¿Llena de algo? No de palabras. No de eso. La cuchilla bajo las sábanas.
                Un hombre había abrazado a mamá en el velorio. Le había dado un beso. ¿En la boca? Ese hombre. ¿Quién era? Y Luis Miguel. Y ese tono positivo. El techo blanco. Vacío. Luz. Sueño. ¿En los sueños no hablaba él? Claro que sí. Contaba al mundo todo lo que sentía, todo lo que llevaba adentro. ¿Cómo lo hacía? Nunca se acordaba. Todos son signos. Observe a su hijo. Hablará a su manera. Nunca lo había hecho. Silbidos, canciones, Luises Migueles y Enriques Iglesias, comidas, algunas lágrimas, sonrisas. Los ojos. Los ojos lo esquivaban. Lo sentía. Sentía. Tomó el mango y sonrió. Sintió que tendía un puente. Afuera. Al mundo. Todos son signos.
                Levantó la hoja, que reflejó la luz del techo. La mamá abrió un cajón y el trajín se detuvo. Pasos hacia el pasillo. Hijo, ¿no viste la cuchilla por casualidad? No la puedo encontrar. Silbidos de Luis Miguel. Pasos alejándose. Palabras sueltas desde la cocina. Ahora todos sabrían. Todos entenderían. Todos son signos. Alejandro amplió la sonrisa. Estaba hablando. Estaba abriendo su interior. No. No estaba vacío. Había mucho adentro. Demasiado. Cerró los ojos. Empuñó la cuchilla con fuerza. Una lágrima en cada ojo. Comenzó a llorar y tuvo ganas de reírse. Sorbió la sal de la lágrima. Hablará a su manera. Sonrió.

miércoles, 12 de febrero de 2014

los días duermen

pero más vale que los días se duermen, como se duermen los hospitales o las comisarías o los veinticuatro como si no se durmieran las veinticuatro horas del sol y la luna o las comisuras de tus labios cuando te dormís; se duermen porque no hay quien los despierte, como nos pasa a nosotros con el tiempo o la alarma o el brazo del amante que nos golpea sin querer al moverse en sueños o el beso de nuestra mamá o el televisor del vecino o el bocinazo de la calle; pero los días se duermen en el irrelevante acontecer de lo ya pasado, de lo recordado, en el trasegar de la memoria embebida en recuerdos de copas violetas del vino que no se quita y los billetes del bolsillo doblados sobre la mesa bajo los anillos que te quitaste para no lastimarme con cada caricia; pero se duermen, y no hay nada que los despierte en tanto leas los carteles al revés y mires por el retrovisor porque cuando las cosas despiertan es cuando las cosas van a cambiar y nuestros días no cambiaban ni cambian en el bocinazo que nos despierta porque ya no es el brazo ni el beso o el estornudo de dormir tan poco entre películas francesas y amaneceres de locura cafeinística y bramidos de toro sobre colchones empapados de perfumes que surcan las espaldas mojadas de los ensordecedores chapidos de la fricción póstuma a esa mirada, la mirada que nos penetra y nos envuelve y nos transporta como si empaquetáramos una cajita y la arropáramos con cinta y papel para proteger ese cosito que lleva adentro que al final no importa tanto como la caja que tan linda se la ve porque tanto nos hemos esmerado porque se cuide y no se pierda o se rompa o se caiga y será eso ahí adentro que cuidamos lo que se llama amor o relación o la palabrita que se elija para mantener un algo en el aire como un puente sin sogas o los cables que van y vienen sin saber de dónde o hacia qué lugar, y surcan los aires las llaves que vuelan de balcones y las risas tras la puerta ante el golpe de contraseña y de vuelta las miradas pero los días duermen, amor mío, y tras ellos se esconde la vida decían algunos, como atrás de la almohada están los sueños dicen esos algunos también creyendo siempre en algo atrás, siempre atrás, y por eso te miro los ojos buscando la nuca, pero nunca desde atrás sino como esos algunos que miran la almohada esperando el debajo sin verdaderamente mirarlo, acaso por miedo a no hallar más que pelusas y cabellos de amantes pasadas o sólo por nobleza o quizá por esa mística que nos invade al pensar que detrás de los días está la vida, y por eso es que agarro el calendario y lo escribo para hallar detrás de cada número el significado del transitar por un cartón con papelitos pegados a la manera de heladera con imanes y muebles con recordatorios, como si no recordáramos calar esos cigarros en las tardes de vuelo de palomas y pintura cayéndose a pedazos, y me río ante la mera idea de escribir en el papelucho arrugado que sobra de algún recadito o de algún envoltorio con esa lapicera que da vueltas por la vida porque Marcela se la olvidó en lo de Juan y Gastón me la trajo con Paula para que se la olvidara Laura en casa, Laura la otra amante y ahora la tuvieras vos en la mano y yo me ría por las cosas de la vida y si te dijera, si te dijera que esa lapicera, que de dónde viene, pero no te digo porque no te puedo decir todo porque todo viene de muy lejos y quizá por miedo a ir muy atrás, a dormirme como se duermen los días, y me río pensando en escribir qué recordar como si no tuviera suficiente con las ganas de salir a tomar una cerveza bajo las estrellas naranjas de esta ciudad eléctrica y de rodear con mis brazos el espacio que desaloja tu cuerpo y o también capaz quizá puede ser porqué no cantar las canciones que te hacen sonreír para que se oblicue la voz y se caiga el sentido porque con la música se cae todo sentido y los días se despiertan y para qué los recordatorios entonces si no me olvido de decirte que no nos digamos nada mientras dure ese ratito porque cuando se lo corporiza en verbos en primera persona se los eterniza en un calco en un molde en un modelito que se arma y se guarda y se archiva y se olvida y al final todos los momentos tienen ese mismo nombre y los días así se aburren y se vuelven a dormir, pero nosotros no queremos más cerveza, y ya los cigarros me sacan, así que me voy, amor, nos veremos cuando el día florezca canciones que me muestren lo que hay atrás de los días, según algunos.

jueves, 23 de enero de 2014

El otro tiempo (cuento - parte I)

I
                La puerta pesada de roble se abrió lentamente y la campanilla se hizo sonar en la ronca siesta del verano platense. La ciudad parecía una partida de ajedrez en las últimas. Los movimientos de sus piezas eran cortos, pocos y aislados. El sol y la luna se disputaban la urbe y yo evitaba pacientemente sus designios, ubicado en mi tienda de antigüedades, detrás del mostrador, leyendo ya no recuerdo qué libro viejo.
                Quien ingresó lo hizo sigilosamente y con cautela, igual que todos los que ingresan allí. Es que la frescura que emana de tanto pasado y la oscuridad y el silencio que reinan en la estancia sosiegan a cualquiera que provenga del caótico afuera, hoy no tan escandaloso, pero siempre caótico, de alguna manera. Yo apenas levanté los ojos, pero seguí absorto en la trama del libro. Recuerdo que era una novela, ahora que lo pienso. El visitante caminó entre las estanterías observando todo a su alrededor. Cuando volví a levantar la vista vi que sus ojos se habían posado totalmente incrédulos sobre una vasija vieja. Nunca había visto tanto esplendor en la mirada de un sujeto que contemplase tan sólo una aburrida y antiquísima pieza de alfarería. Volví al libro.
                Oía sus pasos ir y venir, a mis oídos llegaban sus grititos ahogados y sus suspiros, hasta un par de palabritas inentendibles, que creí eran del extranjero. Se oía el susurrar de su remera cuando rozaba viejas telas o manteles o alfombras o el borde de los muebles. No quise molestarlo con el cuidado de no manosear o rozar mucho nada, a decir verdad hasta me daban ganas de que se le cayera algo. Estaba hastiado de vender esas porquerías. Pronto dejé de leer. No pude evitarlo. Deposité el libraco sobre el mostrador y levanté la vista. El visitante era un hombre de unos cuarenta y pico de años, de aspecto jovial y vivaz, con una larga melena color castaño que se volcaba como cascada sobre sus espaldas. Andaba de acá para allá intentando no romper la armonía del ambiente con su hiperactividad y su ansiedad, por cierto muy ostensibles. Parecía buscar algo. Llevaba una remera manga larga arremangada y unos pantalones viejos, raídos, de algodón, rayados. Creo que calzaba unas alpargatas, aunque ya no lo recuerdo con precisión.
                Debo confesar que me suele molestar la gente que habla, que me interrumpe las lecturas para comentar imbecilidades o banalidades que a nadie le importaría saber o preguntar. Pero ahora este sujeto me llamaba la atención a mí, y era yo quien de alguna manera, sin querer siquiera admitirlo, sentía deseos de detenerlo y preguntarle qué carajo estaba haciendo, qué buscaba. Lo miré fijo entonces, percatándome de que no tenía intenciones de mirarme, ni le importaba que yo estuviera allí. Es más, quizá ni siquiera sabía que yo estaba allí, ahora de pie, mirándolo fijamente, quemándome los sesos por saber qué hacía al husmear acá y allá, agachado, de pie, inclinado, o incluso sentado en el suelo, midiendo el tamaño de unos mocasines viejos con sus propios pies. Deben haber pasado algo así como quince minutos, aunque la verdad es que no tengo la mínima idea, quedé absorto por su propia ausencia, por su propio ensimismamiento. Habría sido gracioso que ingresara otro visitante y nos viera así, uno revolviendo todo, el otro mirando fijamente, de pie, vacilando entre la palabra disruptiva o el silencio desfalleciente. Entonces no lo soporté más, y coloqué mi puño cerrado frente a mi boca para carraspear. Pero un sonido me interrumpió.
                Ya ni recuerdo si carraspeé o no, pero de cualquier manera el sonido de la pesada puerta me habría ahogado el intento de llamar la atención. Ingresó a mi tienda otro sujeto. Era un muchacho de unos veinticinco años, pelado, con talante serio y una paciencia infernal. Se quedó observándome a mí unos segundos. Yo no lo miré directamente. Me quedé absorto observando al primer visitante, que ahora se sacaba la remera para colocarse un chaleco o algo por el estilo que había encontrado entre el montón de ropajes viejos que tiré una vez en un rincón y nunca más volví a revisar. El segundo visitante, si no me equivoco, me vio a mí, y no se animó a pronunciar palabra. Dio un paso, lentamente, y al ver al otro hombre al otro lado de la habitación se quedó duro, clavado. Volvió a mirarme a mí. Pero yo ya era cómplice implícito del primero. Ya era parte del escenario que había montado y ya era un actor en la teatralización que observaba el tercero, el pelado. Así que me quedé fijo, quieto, inescrutable mi rostro, era una piedra sin sensaciones.
                El pelado dio otro paso hacia el mostrador, lentamente. Comenzó a observar las estanterías a su alrededor, pero sin verdadero interés. Creo que intentaba disimular que esta escena lo inquietaba, y buscaba la manera de generar un puente de comunicación conmigo, o con nosotros, o hasta consigo mismo. Yo ya tenía ganas de reírme. El silencio era abrumador. La ciudad se asfixiaba bajo el calcinante sol, y los sonidos que apenas se hacían oír parecían los vagidos de un bebé que está por morir, o un sediento suplicando por agua con las últimas fuerzas vitales. De pronto, se me ocurrió que ingresaría otro más a la tienda, y rompería el record de los últimos dos años y medio: habría tres personas en la tienda a la vez. Y para colmo, con una obra de teatro improvisada como situación. Pero no, el pelado tenía que arruinarlo todo:
                —Le hago una consulta —empezó, acercándose al mostrador pero todavía mirando las estanterías, como si realmente le importara algo de lo que se ofrecía ahí, pedazos de lata y cuero y fierro, compendio de porquerías sin uso alguno—¿por casualidad nadie vino a preguntar por una cuchilla desafilada, que tiene una inscripción como de una serpiente en el mango, y que en la hoja reza…?
                Dejé de oírlo. Nunca lo miré a los ojos. Intenté repelerlo pero el estúpido insistía. Prefería perder diez compradores a perderme lo que el otro sujeto hacía. Pero en cierto momento del discurso del pelado, el otro visitante se frenó en seco, se quitó la chaqueta horrible que se había colocado, y buscó con la mirada la voz que describía no sé qué cosa –¿una espada?–. Cuando vi esto me sobresalté y observé al charlatán a los ojos. Con esto se calló. Mi rostro no debe haber sido muy amable.
                —¿Cómo dice usted? —me ganó de mano el otro, cuando yo había abierto la boca para hablar. Se acercó a paso rápido, todavía en cuero pero con la remera en la mano. Tenía un físico firme y henchido de fibra, pero no era robusto, sino más bien delgado, atlético—. ¿La espada que usó uno de los guerreros de Kalchakí? —El pelado no sabía qué decir, se había quedado boquiabierto y observaba el torso desnudo de su interlocutor—, ¿que se la robaron a uno de los españoles en Yocavil durante las guerras?
                —Eh…
                —¿Usted recuerda eso? Yo a usted no lo recuerdo —dijo con aires de desesperación el visitante, pero siempre en voz baja. Me miró a mí y esto me inhibió sobremanera—. Y a usted tampoco. Ni esta tienda, aunque sí muchas de las cosas que están acá.
                El pelado me miró a mí azorado, pero luego se compuso y emitió la siguiente pregunta al otro:
                —¿Lo conozco?
                El otro negó con la cabeza y pareció sentirse defraudado por algo. Entonces miré al pelado y le dije que no con la cabeza. Que se conformara con eso. Pareció darse por vencido y comenzó a salir de la estancia, lentamente. Pero antes de que tomara el picaporte, se frenó en seco al oír un golpe estentóreo que a mí me produjo placer. El Sansón había tomado una gran vasija de barro y la había partido con todas sus fuerzas contra el suelo. Al instante se percató de lo que hacía y se agarró de los pelos. Comenzó a musitar incoherencias y palabras sin sentido, nuevamente semejándose con vocablos extranjeros. Yo lo observaba tranquilamente.
                —Perdón… perdón… perdone —no sabía dónde meterse. Ni se atrevía a mirarme. Le temblaban las manos, le temblaba la boca, miraba en derredor sin saber qué hacer.
                —Calme —pronuncié lentamente. Y me miró.
                En sus ojos se veían la desesperación, la impotencia, y su cordura no estaba muy lejos de rasgarse en dos y dar paso a la locura. Me miró unos segundos y de pronto cerró la boca y comenzó a respirar lentamente. El pelado observaba, callado, atento.
                —¿Qué le sucede? —indagué, y me volví a sentar. Le indiqué con el índice que podía tomar una butaca de un costado para sentarse frente a mí.  Así lo hizo, lentamente—. ¿Qué lo perturba tanto? Cuénteme.
                El buen hombre, que ahora parecía más un muchacho que un tipo de más de cuarenta años, se tomó las manos y respiró profundo. Luego levantó la vista y habló con voz firme, fiel a su melena, su rudeza y su rabia reciente, y en contraste con los ojos infantiles que me habían mirado hacía unos segundos.
                —Espero que no me crea un loco, o al menos que me escuche hasta el final. —Me miró unos segundos y vio en mi rostro impertérrito el empujón para continuar—. Verá, se lo contaré desde el principio… —el pelado se acercó unos pasos, pero de él el melenudo ya no se percataba, y yo lo ignoraba a propósito, por desprecio, así que terminó de pie a unos pasos de nosotros, con las manos en los bolsillos—. Hará cosa de dos años, me desperté en mi casa, acá en La Plata, y comencé a ver cosas raras. En mi cabeza, no en la realidad, digamos. Salí a la calle y al cruzarme con una persona tuve una visión extraordinaria, como cuando le pasan mil pensamientos al instante por la cabeza, y de pronto conocía a esa persona, y no solamente toda su vida, sus vivencias, también los lugares a los que había ido, los sentimientos que había sentido… —la redundancia lo frenó, pero siguió casi al instante—: o sea, todo lo que había hecho y dicho y visto y hecho. ¿Sabe cómo se sintió? Como un deja vu, ¿vio cuando sentimos que lo que vemos y oímos ya lo habíamos vivido antes o lo habíamos soñado? Algo así. Y de golpe se me vinieron imágenes a la cabeza de la infancia de esa persona, era una piba, de cada vez que había ido al baño, cada vez que había caminado por las calles, y de pronto tuve como un deja vu interminable, que se cortaba y arrancaba de vuelta según por dónde andaba, supongo. Caminaba por la calle y por ahí miraba una baldosa y al instante me caía un deja vu y recordaba que ahí había escrito una vez, de más chica, Lorenzo te amo, y vi la puerta del banco y de pronto vi doscientas treinta mil veces mi vista recorrer las baldosas y las puertas del lugar, vi mis delicadas manos de mujer sacar y traer plata, vi trescientos cincuenta mil doscientos ochenta y cuatro tipos mirándome del otro lado del mostrador o en la cola. Recordaba todos, algunos con más claridad y otros con menos. Y al cruzar la calle se me cayó encima el mundo. Porque cuando cruzaba por la senda peatonal, cuando miré a un viejo que venía tuve como un ataque. Paré y me cayeron imágenes infinitas de cuando mi papá se ahorcó cuando yo tenía dieciséis años, y después cuando abandoné los estudios, y Laura y Claudia y Marcela y Josefina y otra vez Laura y después Julia durante años y años y caras y pisadas, y otra vez miraba un edificio que es un bar y veía un boliche, veía un lugar abandonado, veía cómo se iba construyendo, y entonces me choqué con una señora gorda y cuando la miré a los ojos recordé algo, unos besos, y la señora me dijo que anduviera con más cuidado, y de pronto recordé cuando había andado por esa calle y me había chocado con un tipo barbudo como entonces lo estaba yo, cuando me choqué con la gorda, y me acordé que había chocado con ese tipo, conmigo, y recordé que la avenida antes estaba más desierta, y de pronto todos los rincones de la ciudad tenían una historia que yo había vivido, y cada vez más y más vidas se sumaban a la mía a medida que me cruzaba con gente. Mi cabeza era un quilombo.
                Se quedaba sin aire, había levantado la voz y se había envuelto en sudor. Yo lo escuchaba atentamente. El pelado lo oía de igual manera, sin mover una pestaña.
                —Acá todo es más tranquilo —prosiguió luego de haber tomado aire—. Acá adentro puedo pensar. —Nos miró, primero a mí, luego al pelado, y luego a mí, y al suelo—. A ustedes no los recuerdo, no fui ustedes antes… Pero la cosa es que me empecé a enloquecer, me entró la desesperación. No podía ser, me estaba volviendo loco, no me cabían dudas. Me volví a mi casa, no lo soporté más. Y esa noche ya lo sabía. No sé cómo —movía las manos y se desesperaba, seguramente, por no hallar justificaciones, quizá por ver que estaba haciendo el ridículo al oír sus propios desvaríos—, pero lo sabía. Desperté al día siguiente y lo que sabía era esto: todos los seres humanos tienen un alma, o algo, no sé, algo que se repite, que es lo mismo. Digamos que es un alma, para entendernos. El alma es la misma en todos, o casi todos. Y la historia no era más que la historia de ese alma, que habita todos los cuerpos, de vez en vez, pero todos a la vez. O sea, nadie sabe que somos ese único alma, de modo que si yo golpeo a alguien en la calle, en la vida que llevará mi alma en ese cuerpo recibiré ese golpe… y más allá de que esto nos haga pensar en que podríamos comportarnos mejor, para no recibir un golpe en la otra vida, y esas predicaciones que alguno saltaría ahora y haría, más allá de eso, que ahora ni me importa… —se lo veía desolado—. Sigo —y esta vez, quizá recuperando confianza, comenzó a mirarnos, ora a uno ora a otro—, lo que sabía era que todos los seres humanos tienen un alma que es única, que vive en mí, muere y al renacer vive en otro cuerpo… ¡Y no importa el tiempo! —exclamó moviendo las manos agitadamente, como creyendo que alguno de los dos lo interrumpiría—. El tiempo es como una ilusión. O sea, existe, pero esta alma no va en orden cronológico. Es como que el alma vive en mí, muere y va a una persona del siglo anterior, y muere y va a otro siglo, pero ninguna persona se acuerda de las vidas anteriores… Esta idea no es novedosa, pero ¡sentirla! ¡saberlo! Y no termina acá… ¿Por qué me acordaba yo de todas las personas? ¿Por qué me las cruzaba y ya se me cargaba todo en la cabeza, toda su vida sus vivencias, de modo que cada lugar nuevo era un deja vu, cada persona era recordada por otra… —la pregunta se esfumaba—. No saben la red de personas que existe en el mundo, nos conocemos tanto entre todos, tanto que si todos le preguntáramos a nuestros amigos por amigos suyos que no conozcamos nosotros, e hiciéramos lo mismo con éstos y así sucesivamente, recorreríamos el mundo entero y a todas las personas del planeta. Y esto me era concedido a mí, todo a mí, y yo no podía creerlo. Y comencé a salir a la calle loco de alegría, sintiéndome el elegido. Y de a poco fui llevando tantas impresiones a un costado de mi cabeza, o no sé cómo hice, me fui tranquilizando. Dejaba pasar la información, vivía. Sabía todo, de todos. Y claro, me pasó que me encontré con gente que no me generaba nada. Y me angustié, y me entró la desesperación. Por momentos me ponía contento, decía que se me estaba yendo ese síndrome de maniático. Pero en el fondo me disgustaba… Es que esa voz, esa voz que me decía todo, que me dejaba todo, me estaba abandonando. Y entonces comencé a percibir que en realidad no sabía la vida o las impresiones de todas las personas. Es más, por lo menos un tercio de la gente que me cruzaba no me generaba nada, no había sido parte de la vida de mi alma… y pensaba que entonces yo habría de morir y el alma seguiría en éstos tipos, que luego me verían a mí y sí me recordarían como…. Como haber vivido en mi cuerpo, como haber pasado… Y así llegué a pensar que entonces todos vemos las vidas de todos, y esto me volvió completamente estúpido, atónito quedé ante el descubrimiento. ¿Por qué nadie dice nada? Pero yo no había dicho nada… ¿Todos vemos lo mismo entonces y nadie se anima a decirlo?
                Yo miré al pelado, que me miró fijo, y volvimos a mirar al muchacho –porque era eso ahora, un muchacho desesperado y entusiasmado a la vez–. Él se percató de esto y se rió medio nervioso.
                —No, por supuesto que ustedes no ven todo esto… después lo llegué a entender… Había otra alma dando vueltas, eso era obvio entonces, se hizo re obvio. Porque yo era el sujeto que estaba destinado a ver la vida de todos, porque según entendí una noche, yo era el fin del alma, de la cadena… ¡Mi vida era la elegida para vivir ese momento final! Para ver qué pasaría con el alma… ¿entienden? Me eligió a mí para consumar lo que quiera que haga, ese ser, eso que me llama y me instruye… Yo era el último de la cadena, y entendí que había otro alma, que la historia no es más que la vivencia y el crecimiento de dos almas, dos almas que constantemente se enamoran, se pelean, se matan, se desean, en las vidas de todos nosotros… Dos almas contrarias, dos almas imposible de unir, de no sé… Y yo era, soy el elegido… Y me quedé estup… estupefacto ante todo esto, y entonces, me decidí. Antes de morir, supe, tenía que encontrar al otro alma, así lo supe de pronto. Así que empecé la búsqueda, hace ya un año, recorrí provincias pero más lejos no pude ir, y de a poco me voy rindiendo, porque ya no veo la forma de recorrer el mundo en una sola vida, persona por persona… Y se me ocurre que quizá ya ensayaron esto, ya hubo gente que intentó encontrar a todos para ver quién era la otra alma y seguro se murió antes… se me ocurre…
                Se calló. La habitación se quedó en silencio. Entendí por qué revisaba los objetos antiguos. ¡Cargado de memorias debía estar este muchachote! ¡Como para no encontrar imágenes y recuerdos en una tienda como la mía!
                —Yo —comenzó el pelado, que nos sorprendió a los dos. Lo miramos atentamente—. Yo había escuchado por ahí algo similar… de hecho hay varios cuentos y religiones con esa idea, creo. Pero había escuchado que la historia ya terminó… —el sujeto miraba fijamente al maniático, como excluyéndome del diálogo—. Que terminó en el año cero —no me jodas…— con Jesús… que Jesucristo no era más que el último, y que la otra alma era la que llevaba Judas… Y que se reunieron y se decidió quién gobernaría el mundo… pero quedamos sin nadie, porque Judas logró que sacrificaran a Jesús, pero después él se mató… Seguramente se percató de que no podría vivir sin el otro, sin la otra alma.
                Me lo quedé mirando fijo con expresión de desdén –sí, fue a propósito, le puse la cara de asco que mejor me salió. Imbécil religioso–. El melenudo lo contemplaba y me velaba su rostro con la larga melena, que inclinada su cabeza para un costado tapaba gran parte de su rostro con su pelo. Pero de pronto me imaginé que el mundo se había terminado, que el sentido ya había pasado. No, el tiempo no importaba, pero yo ya sabía que no teníamos nada que esperar, porque el tiempo nuestro va para adelante nomás, y estas almas raras que van para cualquier lado. Si el mundo realmente se hubiera terminado en el año cero… ¡Qué desesperación! Todo se terminó, nosotros somos el relleno, y encima un relleno a posteriori, que no tiene sentido. El melenudo habló por mí, gruñó por lo que sentía yo.
                —No me voy a creer eso… —comenzó el loco—. ¡No! ¡Yo veo las vidas de la mitad del mundo! Y estoy cansado de que todo se acople a esa biblia de mierda. ¡Yo vi morir a Jesús, yo fui Pablo, Mateo, fui Pilatos, fui Judas, y nada de eso pasó, nunca vi la eternidad frente a mí ni sentí lo que siento ahora! ¡Nada de ying yang ni esas estupideces! ¡Todo es mentira! —se había sacado ahora y se había puesto de pie. El pelado no se dejó impresionar y lo siguió mirando fijo.
                —Pero…
                —¡No! Jesús es un imbécil, un pobre que decía estupideces, yo lo mandé a crucificar, no resucitó ni nada de eso, no puedo creer que la gente crea esas cosas
                —¡Y usted pretende que creamos en lo que usted cuenta! ¡Por favor! —vociferó el pelado para mi sorpresa. Tenía un carácter más duro de lo que me figuraba. El melenudo reaccionó ante esto con una mirada rápida y al instante se calmó—. Cálmese… que tengo algo para decirle.
                Ahora el pelado tenía toda la atención. Podría haber ingresado alguien más, habría sido interesante ver qué cara pondría al oír esa conversación de locos de verano platense que no teníamos nada más que hacer que soportar el calor infernal de este tablero juntándonos a escupir los delirios sobre un mostrador y puras antigüedades inútiles, delirios producto de la insolación y el desamparo, el aburrimiento.
                —Usted me recuerda a un tipo que conocí hace ya varios años… no acá, pero en Argentina, sí. Bah, no tan lejos, si usted dice que ha viajado… no le va a parecer lejos. En La Pampa, hay un tipo medio loco que una vez conversó conmigo, hace años, cuando yo laburaba en una distribuidora del interior y tuvimos que llevar un camión a un taller de ese pueblo —yo miraba al pelado y no me lo imaginaba manejando un camión—, y estuve ahí dos días, el dueño del taller nos dio para comer, re macanudo, y dormimos en el camión nomás. Y resulta que fui a dar una vuelta, yo era un pibito entonces, tenía como… dieciséis creo. Hace diez años ya, o más, y cuando di una vuelta me encontré con este tipo, no sé de qué laburaba, si de albañil o hacía pozos o qué… y era simpático, y charlamos un poco. Y en un momento me dijo algunas cosas raras, sobre mi vida. Me acuerdo que tiró algo de que me gustaba una mina y que no me iba a dar bola, y después no me dio bola… a esto ni pelota le di, ¿a qué pibe no se le puede decir esto y no se llevará una sorpresa? Todos le tenemos ganas a una piba que después no nos da bola, y encima le tenemos ganas a todas, así que que no nos dé bola una ya cumple con la profecía… —mi cara era de escepticismo y de aburrimiento; este pelado que le daba a todas.
                —¿Y qué pasó con ese tipo? —preguntó el melena, para mi sorpresa. Ya no me simpatizaba, me parecía un tonto ingenuo, crédulo. Y el pelado era un infeliz.
                —Hablamos de varias cosas, era un tipo muy extravagante… y sonaba mucho a como hablás vos. —Epa, primera tuteada, el pelado ya sentía confianza.
                —¿Y dónde lo puedo encontrar? Llega a ser este tipo, tengo una suerte de la puta madre…
                El pelado ignoró el insulto, cosa que yo no pude hacer del todo bien. Levanté las cejas, involuntariamente.
                —El pueblo se llama General Campos, está al este de La Pampa, cerca del límite con Buenos Aires —informó el pelado, y parecía dispuesto a irse. ¡Menos de treinta años y esto no le interesaba más que para hacer lucir su ego imbécil e irse sin más!
                —¿Por quién pregunto cuando vaya? ¿cómo se llamaba el loco?
                El pelado se frenó en seco y se quedó pensativo.
                —No me acuerdo bien —y yo ya me imaginaba que esto era una pelotudez, una macana del pelado, y por eso se las tomaba así—. Pero creo que era un apellido alemán, allá son todos rusos, alemanes, ucranianos, no sé qué son. Schacher, capaz. No, ése era el del taller. No me acuerdo, pero pregunte por algo así. Recorra, el pueblito no tiene más de diez cuadras de largo.
                El melenudo se quedó boquiabierto y pronto una sonrisa iluminó su rostro. El pelado se dio media vuelta y salió sin decir más nada, así sin más. Me espantó su indiferencia, me dio sorpresa, bronca, interés, fastidio. Y el Sansón, el delgado Sansón se levantó y corrió la butaca a donde estaba. Y me quedé mudo. No supe qué decir. El tipo me miró y me pidió disculpas por el jarrón. Pero ya no le importaba nada. Por poco reía de la alegría que lo recorría. Y casi me hace reír a mí, de pura empatía nomás que transmitía el maldito. Me dijo que limpiaría el quilombo que había hecho, que pagaría el jarrón, le dije que no me importaba nada, que lo perdonaba… pero con una condición, y no pude evitar decirlo. Me moría por decirlo.
                —¿Cuál? —preguntó el tipo, que no conocía mi alma, no conocía mi vida, mis pasares, mis pesares, y deseaba esta alma, pero no la mía, la de todos los que fueron y son yo. Me sentí importante, aunque no era nadie para aquél muchacho, no era nada.
                —Si puedo acompañarte a La Pampa a buscar a ese hombre —ahora lo tutearía. El pelado había roto el esquema cortés. El melenudo se sonrió y se maravilló con la propuesta. Quizá no había contado nunca esto o quizá nadie le había creído. De cualquier manera dijo que sí alrededor de treinta y cinco veces, entusiasmado, y lo hice pasar atrás.
                —¿Cómo se llama usted? —me preguntó, sin tutearme. Me sonreí por primera vez en toda la tarde, y quizá en todo el año.
                  —Gerardo —dije—. ¿Y vos?
                —Matías —dijo, y me quedé un ratito pensando como decepcionado, como si hubiera sido más alucinante que se llamara Robinson, Terguenev, Siddharta o Andy Weir.                             
                —¿Querés que armemos unos mates? Después vamos a la terminal a buscar los pasajes, a averiguar… —le dije—. Me gustaría que me contaras un poco algunas cosas. Tengo varias preguntas para hacerte sobre… todo.

Fin de parte I