sábado, 5 de abril de 2014

Alexitimia (cuento)

                Alejandro miraba el techo. Sentía un vacío en el estómago. Metáforas. Sentía nada en su interior. Aire lo llenaba. No tenía nada más. No podía tener nada más. ¿Acaso no podemos nombrar todo lo que tenemos? Metáforas, Alejandro. Usá metáforas. Las piernas le pesaban nada. Los brazos, nada. Era liviano, lleno de aire. El techo blanco. La luz encendida. El trajín de su mamá en la cocina. Le dolía ¿qué? Le dolía. Nada. Cerró los ojos.
                Visualizá las palabras. Pensá en colores. No había caso, ni forma ni letra. La madre ponía la mesa. Dos platos. Hoy eran dos los platos. Anteayer eran tres. La ropa de su papá todavía estaba en el placar. La había visto la noche anterior cuando su mamá lo abría para sacarla. Sacar la campera de cuero que le había regalado Alejandro. ¿A dónde la llevaba? Pensá en formas, en animales, en canciones. Se sentía identificado con eso. Canciones. Ahora estaba en silencio, pero la melodía de La Muette de Yann Tiersen se le dibujaba. ¿Esa qué era? Algunos qué decían. Triste, contento. Esas palabras que había escuchado. ¿Cómo sabían ellos que estaban así?
                Suspiró. Sólo veía el naranja de sus párpados cerrados encandilados por la luz que pendía del techo. La mamá cantaba una canción. La silbaba donde no se sabía la letra. Y volvía a entonarla. Sueña, de Luis Miguel. ¿Eso qué era? En la voz se notaba ese tono que también proferían sus compañeros del colegio cuando cantaban en los recreos a voz suelta y viva. Pensá en más y en menos. Parecía ¿positivo? Imposible. Imposible saber esas cosas.
                Abrió los ojos. Se relamió los labios, secos, inertes, incapaces. Apretó los ojos con fuerza. Quiso gritar, pero no supo qué. Empezá a leer. Leé mucho. Incorporá vocabulario. Leyó El extranjero de una sola vez. No le costó. Era fácil. Se sintió como ese tipo, pero no como él. Porque el protagonista no sentía nada. Él sí. Y cuánto. Y cómo dolía. ¿El qué? La mamá iba y venía colocando vasos, botellas, cubiertos. Clink. Blam. Criik. Puertas. Golpes. Ollas. Pasos. Silbidos. Sonidos. La parafernalia de la casa parecía hablarle a Alejandro. O hablar por él. Explicarlo. Describirlo.
                Tenía sentido. El quejido de la puerta que iba del comedor a la cocina remedaba lo que había sentido Alejandro ese día en el colegio. Uno de los compañeros del colegio le había apretado el cuello. Estrangulado. El sonido de su garganta cerrándose. No el sonido. Qué sintió. Saúl le había preguntado si estaba feliz. sabía, sí. todos sabían. todos se reían. Le temblaron los labios. dijo que sí. tragó saliva. ese fue el error. tragó saliva. y todos lo vieron. todos esos ojos que esperaban las palabras. Palabras. Vacías. Como él. Mentía. No sabía si estaba feliz. O cómo. O cómo dolía.
                Su mano rozó la hoja bajo las sábanas. Cama desarmada. Alejandro echado con la ropa puesta. La cuchilla bajo las sábanas. La mamá silbando otro tema de Luis Miguel. Radiohead. En la radio anímica de la cabeza de Alejandro. Sonaba Radiohead. Sonidos. Música. ¿No estaba ahí la respuesta, la clave? La cuchilla bajo las sábanas. Los oídos de Alejandro más atentos. El cuerpo liviano. El cuerpo vacío. Aire. La mamá abrió la puerta del horno. Crujió y chilló como uñas contra el pizarrón. Alejandro sintió un escalofrío. Movió una mano. Pesada. ¿Estaba llena? ¿Llena de algo? No de palabras. No de eso. La cuchilla bajo las sábanas.
                Un hombre había abrazado a mamá en el velorio. Le había dado un beso. ¿En la boca? Ese hombre. ¿Quién era? Y Luis Miguel. Y ese tono positivo. El techo blanco. Vacío. Luz. Sueño. ¿En los sueños no hablaba él? Claro que sí. Contaba al mundo todo lo que sentía, todo lo que llevaba adentro. ¿Cómo lo hacía? Nunca se acordaba. Todos son signos. Observe a su hijo. Hablará a su manera. Nunca lo había hecho. Silbidos, canciones, Luises Migueles y Enriques Iglesias, comidas, algunas lágrimas, sonrisas. Los ojos. Los ojos lo esquivaban. Lo sentía. Sentía. Tomó el mango y sonrió. Sintió que tendía un puente. Afuera. Al mundo. Todos son signos.
                Levantó la hoja, que reflejó la luz del techo. La mamá abrió un cajón y el trajín se detuvo. Pasos hacia el pasillo. Hijo, ¿no viste la cuchilla por casualidad? No la puedo encontrar. Silbidos de Luis Miguel. Pasos alejándose. Palabras sueltas desde la cocina. Ahora todos sabrían. Todos entenderían. Todos son signos. Alejandro amplió la sonrisa. Estaba hablando. Estaba abriendo su interior. No. No estaba vacío. Había mucho adentro. Demasiado. Cerró los ojos. Empuñó la cuchilla con fuerza. Una lágrima en cada ojo. Comenzó a llorar y tuvo ganas de reírse. Sorbió la sal de la lágrima. Hablará a su manera. Sonrió.

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